poemas sin casa.

Foto: Clara Briceño Z

Juan Luis Landaeta

De Roca Tarpeya

Poemario inédito.

Hablo de una ciénaga pastosa. Donde brotó, los alrededores eran oscuros. Estoy hablando de la oscuridad de un cerro cuando el sol se esconde. Para mí eso es la noche, una suma de montes oscuros que ya no alcanzo a ver, como dos piezas de carbón superpuestas. Negro sobre negro, en el recuerdo de mis manos.


La prehistoria no existe a excepción de los dinosaurios, las manzanas y el meteorito que cayó sentenciando todo a su paso. Es muy curioso el hecho. Digamos que la creación había avanzado hasta un punto tal en que ya algunas especies devoraban a otras fuera y dentro del mar. También se hablaba de las primeras plagas, tifones y la furia de Dios, mientras otros se masturbaban viendo a las moscas enormes merodear los mangos descompuestos donde empezarían las selvas. Todo eso existía y adivinaba su futura existencia, hasta que una piedra cayó del cielo. La consecuencia fue no solo una grandísima explosión sino una noche sostenida en los siete cielos que cubren los siete mares conocidos en ese y este entonces.
No se volvieron a ver las estrellas que nadie sabía que existían. Una sola nube como una enorme costra de ceniza sustituyó el firmamento. El meteorito, del tamaño de una península, reinventó lo que trabajosamente habían labrado siglos y siglos de parásitos y oxidaciones varias. La piedra suprimió los hechos y volvimos a empezar. Una y otra vez. Hasta enterrarse en nuestra médula y nuestras rutas. Hasta hacernos tropezar con ella periódicamente.
Un ánima que vuelve y nos seduce, convenciendonos de ceder ante su aparición.
Como una Virgen. Como un edificio. Como un círculo que se come a sí mismo, regurgitando otros círculos en su indigestión. Solo vemos sus espirales que se encuentran y acoplan entre ellas, como un nido de serpientes. Dice la leyenda que los dragones son serpientes que alcanzaron a morderse la cola. Pues la roca es así. Su evolución es constante, erguida y cíclica. Como las pirámides. Los zigurats. La Torre de Babel. La torre de David. O El Helicoide de Venezuela.


Primero fue esto y entonces aquello. Cada vez que abro un libro siento que una pequeña piedra se arroja a mis pies. Eso es la historia. No puedo precisar de dónde viene, solo que lo hace desde antes. La historia empieza con la escritura. El trauma y el recuerdo también. Escribe quien busca componer una serie de momentos o escenarios previos. Los jura. Algo en su cuerpo les debe. Algo en el nuestro les va a deber al escucharlos o leerlos. Yerro de pronto al decir que la historia empieza con la escritura, entendiéndola como el curso de un alfabeto y un código común que se verifica en un idioma, hilado en un discurso más o menos coherente. Empieza con el roce que encienden el dibujo o el jeroglífico, en abierta representación. Antes, a los faraones, en su última recámara, se los enterraba no solo con sus pertenencias, sino con el relato absoluto, de todo cuanto hubiera sucedido en el reino durante su vida. La inclinación del escriba sobre los murales durante largas sesiones de esmero hacía que se fueran de bruces, golpeándose muchas veces la mandíbula y perdiendo algunos dientes. Se “desbocaban”. De allí viene el término, como bien apunté en mi tratado sobre la vida corriente en el antiguo Egipto, con particular énfasis en los mausoleos. En ese entonces, solo un hombre, criado y de estirpe heredada, recibía la instrucción para hacer constar el testimonio de actos y hechos. En esos tiempos no solo se sabía poco de lo que ocurría más allá de senderos y costas de la frontera, sino que, por tomar la costumbre de considerar el nacimiento de cada faraón como el principio de todas las épocas sabidas, se asumía su muerte como la expiración de estas.


La onda expansiva se sintió como si un animal suelto, extraviado, pateara las puertas de todos los cuartos de la ciudad, como si los apartamentos fueran corrales y a ellos llegara un tropel de ahogados, una tremenda amenaza, como una nube de avispas vista a pocos metros, o el paso desesperado de un hombre solo, maldito, dispuesto a todo, convencido de no tener estirpe ni morada. Un hijo del instante. Otro más con una muerte difusa sobre el mapa de un país que nadie considera

De Roca Tarpeya. Poemario inédito.


Juan Luis Landaeta, escritor y artista plástico de Caracas. Es abogado egresado de la Universidad Católica Andrés Bello en 2012. En 2009 recibió una Mención de Honor en el III Premio Nacional Universitario de Literatura por el libro “Destino del Viento” y en 2011 una mención especial en el I Premio Nacional de Poesía Eugenio Montejo por el libro “La conocida herencia de las formas”. Es egresado de la Maestría de Escritura Creativa en Español de New York University y ha publicado los libros de poemas “Litoral central” en 2015 y “La conocida herencia de las formas” en 2016.


A %d blogueros les gusta esto: