poemas sin casa.

Aixa Rava

El canelo es un árbol perenne

de Sri Lanka. Sus flores hermafroditas —blancas o amarillo verdoso

están cubiertas de pelos y su corteza —la parte que vale

es marrón grisáceo, leñosa.

La canela —que no es fruto como en otras plantas— se obtiene 

de arrollar la corteza interna que se pela y se frota.

La rama de canela replica la corteza natural de su origen 

que imita a su vez la corteza terrestre. Es lámina

más lámina que se enrosca hacia adentro

dejando sólo pequeños espacios para el vacío y el secreto.

Es el aroma el que se traslada

del árbol al pliegue laminado

de la lámina a la yema que la toca

de la mano a la nariz 

       al aire

     cuando se moja.

En el campo las mujeres daban

a los niños canela antes de acostarlos

para que durmieran profundo y pudieran ellas

salir a trabajar sin que las vieran.

Guarda la canela lo sublime del cuidado

un refugio en ausencia de amparo

un resuello tibio en el desánimo.


Soy del bosque, enlazo

mis extremos a las hojas y crecen

nervaduras de sus puntas y suben

el sol siempre un destino.

Soy del bosque, una voz 

que se aleja y ascienden 

por la cornisa mis pies, húmedo perfume

negros troncos, como un hueso profundo

evanescente, la roca

y el ritmo que recojo de la andanza.

Soy del bosque, el tono

de una gama, imperceptible rastro

un trino leve, perdido 

entre lo espeso de tanta melodía.


La muñequita yace en un agujero

no la rescato, no la quiero

       tocar.

La muñequita hilada

acordonada —así sin gesto

me recuerda a una piba de otra época

                       —así sin manos

me recuerda a una niña que no podía acariciar

                       —así sin rostro

                                 sin ojos

                                 sin boca

me recuerda que no podía decir

mostrar, mirarse 

                        —así, de brazos cortos

incapaz de componer un abrazo

                                  de piernas cortas

                                  sin pies

incapaz de correr, andar, mudarse.

La muñequita regalo de un juego amor

                                      de una ronda fiesta

la entierro con todas las memorias 

me quedo con la palabra que abre

maestra

en lugar de costuras, la vida nueva.


Ser una aldea de nubes

espumoso páramo que simula

unir el cielo y el agua.

Ser ave, singlar al ocaso

con patas como sierras

las alas en alto.

Ser lago, sostén de pechos,

de muelle rozar la roca

rasante del paisaje.

Ser trucha, esa boca hambrienta

en el reflejo moviente, 

mosca que zumba, tábano,

grito de pájaro y volverse

al agua dulce

al son del nado.


Foto: Clara Briceño Zappacosta

Aixa Rava (Tierra del Fuego, 1982). Profesora en Letras por la UNCO. Está a cargo de la cátedra Didáctica de Segundas Lenguas del Profesorado de Sordos e Hipoacúsicos del IFD N.º 4 (Neuquén). Dirige el sello editorial de poesía ilustrada Tanta Ceniza Editora y forma parte del Comité Editorial del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo” (FADU-UBA). Publicó Barda (Buenos Aires Poetry, 2014), La luz no se corta como el papel (Ediciones con doble zeta, 2016) y Los sitios de mi cuerpo (Añosluz Editora, 2019). Participó de las antologías Rumiar. Volumen I (Rumiar Editorial, 2018), Poesía Añosluz (Añosluz Editora, 2020), Poesía Neuquén (Honorable Legislatura del Neuquén, 2020) y Camellia. Mujeres que toman té (Tanta Ceniza Editora, en prensa).

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